Una llamada telefónica en la que le exigieron dinero a cambio de supuesta protección reavivó la preocupación por la seguridad de los comerciantes.
Rafael Cruz
Valle de Santiago, Gto., a 22 de octubre de 2026-. El miedo de salir a trabajar y no tener la certeza de regresar a casa continúa presente entre la población. A esta preocupación se suma la de los comerciantes, quienes, además de enfrentar los gastos y las dificultades para mantener sus negocios, deben lidiar con amenazas y presuntos intentos de extorsión.
Un comerciante de Valle de Santiago compartió una llamada telefónica que recibió en su celular, en la que una persona le exigió 30 mil pesos a cambio de brindarle protección y permitirle continuar con su negocio. Esta situación vuelve a poner sobre la mesa la vulnerabilidad de quienes buscan ganarse la vida de manera honesta.
Aunque este tipo de llamadas no representa una situación nueva para muchos comerciantes, cada caso revive la incertidumbre y el temor de convertirse en víctimas de la delincuencia. Detrás de una exigencia económica existe algo más que la intención de obtener dinero: está la amenaza, directa o indirecta, de atentar contra la integridad, la libertad e incluso la vida de las personas.
La pregunta que queda en el aire es inevitable: ¿cuánto vale la vida de alguien que solamente busca trabajar para sostener a su familia? ¿En qué momento abrir un negocio y salir a ganarse el sustento se convirtió en una actividad que también implica el riesgo de recibir amenazas, sufrir tortura o ser víctima de homicidio?
Para quienes emprenden o mantienen un establecimiento, la preocupación no se limita a las ventas, los impuestos, las rentas o el pago a proveedores. El temor de recibir una llamada de este tipo añade una carga que afecta tanto su tranquilidad como la de sus familias, pues los enfrenta a la incertidumbre de cómo actuar ante una exigencia que pone en riesgo mucho más que su patrimonio.
Este escenario se suma al sentimiento de inseguridad que manifiestan habitantes de Valle de Santiago, quienes temen que las actividades más cotidianas —ir a la escuela, acudir al trabajo, realizar compras o cumplir con sus responsabilidades— puedan terminar en una situación de peligro.
La preocupación radica en que, al concluir la jornada, no exista la certeza de volver sanos y salvos a casa para reencontrarse con sus seres queridos. Esta inquietud transforma la rutina en incertidumbre y evidencia la necesidad de fortalecer las condiciones de seguridad para la población.
Mientras tanto, el testimonio del comerciante vuelve a exhibir una realidad que no debería normalizarse: trabajar honradamente no tendría que significar vivir con miedo, pagar por una supuesta protección o preguntarse si una llamada telefónica puede poner en peligro la vida propia y la de la familia.
Porque ningún comerciante debería tener que elegir entre entregar el dinero que tanto le cuesta ganar o vivir bajo la amenaza de perderlo todo, incluida su propia vida.
LSOG