Quienes viven esta realidad coinciden en que no buscan infraestructura de lujo ni privilegios especiales; lo que solicitan es algo mucho más básico, espacios públicos dignos, funcionales y seguros.
Rafael Cruz
Villagrán, Gto., a 15 de julio de 2026. – Para la mayoría de los habitantes, recorrer las calles de Villagrán es una actividad cotidiana que pocas veces implica detenerse a pensar en las condiciones del entorno. Sin embargo, para las personas con discapacidad motriz, cada trayecto representa una serie de obstáculos que convierten una simple salida al médico, al trabajo, a la escuela o al comercio en un verdadero desafío.
Banquetas estrechas, superficies irregulares, baches, topes de gran altura, rampas mal diseñadas, escalones, accesos a viviendas sin adecuaciones y calles deterioradas forman parte del panorama con el que diariamente tienen que lidiar quienes utilizan una silla de ruedas, andadera o algún otro apoyo para desplazarse.
Se trata de una realidad que para muchos pasa inadvertida, pues difícilmente se dimensionan estas dificultades hasta que se viven en carne propia o cuando algún familiar cercano enfrenta una discapacidad y descubre que la infraestructura urbana no está pensada para garantizar una movilidad segura e incluyente.
Lejos de ser una problemática reciente, esta situación se ha mantenido durante décadas. Con el paso de las administraciones municipales, muchas vialidades han sido rehabilitadas o modernizadas; sin embargo, en numerosos casos las obras continúan dejando de lado criterios de accesibilidad universal, lo que limita la autonomía y calidad de vida de este sector de la población.
Las rampas, por ejemplo, en distintos puntos del municipio presentan inclinaciones excesivas, terminan en desniveles, se encuentran obstruidas o simplemente no cumplen con las dimensiones necesarias para que una persona en silla de ruedas pueda utilizarlas de manera segura. A ello se suman banquetas ocupadas por postes, vehículos o comercios, obligando a las personas con discapacidad a descender al arroyo vehicular, exponiéndose al riesgo de sufrir un accidente.
Quienes viven esta realidad coinciden en que no buscan infraestructura de lujo ni privilegios especiales. Lo que solicitan es algo mucho más básico: espacios públicos dignos, funcionales y seguros que les permitan desplazarse con independencia y ejercer su derecho a la movilidad en igualdad de condiciones que el resto de la ciudadanía.
Cada bache, cada escalón sin alternativa, cada rampa mal construida y cada banqueta intransitable representan una barrera que limita su participación en la vida diaria. Son obstáculos que, para quienes conservan todas sus capacidades motrices, suelen pasar desapercibidos, pero que para una persona con discapacidad pueden significar la diferencia entre salir de casa o permanecer aislada.
La accesibilidad no debe entenderse como una concesión, sino como una obligación de toda sociedad que busca ser incluyente. Mientras las calles de Villagrán continúen presentando estas condiciones, cientos de personas seguirán enfrentando una lucha diaria que, aunque muchas veces es invisible para la mayoría, forma parte de su realidad desde hace décadas.
AECM